Un repaso a las ideas de Mokyr, Aghion y Howitt sobre el papel de la innovación en el crecimiento económico y los desafíos que plantea la era de la inteligencia artificial y el cambio climático.
Este año se entregó el premio nobel de economía a tres destacados economistas cuyo trabajo explora cómo la tecnología y la innovación impulsan el crecimiento económico sostenido. En primer lugar, se le concedió a Joel Mokyr la mitad del galardón “por haber identificado los prerrequisitos para un crecimiento sostenido a través del progreso tecnológico” y a los economistas Philippe Aghion y Peter Howitt la otra mitad “por la teoría del crecimiento sostenido mediante la destrucción creativa”. Su trabajo muestra que la innovación —y en particular la transformación de conocimiento en nuevos productos y procesos— puede ser motor de prosperidad, siempre que las instituciones, los mercados y los incentivos permitan que lo nuevo reemplace lo obsoleto. En ese sentido, la noción de I+D+i aparece como un componente clave del desarrollo de los países: De acuerdo al manual de Oslo (OECD, 2018) la I+D es el trabajo creativo y sistemático emprendido para incrementar el stock de conocimiento e idear nuevas aplicaciones para el conocimiento disponible, mientras que la innovación es un nuevo o mejorado producto o proceso que difiere significativamente de los productos o procesos previos de la empresa y que han sido introducidos en el mercado o puesto en uso por la empresa. Aquí se debe aclarar la diferencia entre invención e innovación, invención significa el desarrollo de nuevas ideas mientras que innovación significa la aplicación exitosa de esas nuevas ideas. Es decir, si bien la inversión en I+D incrementa el conocimiento de la empresa y desarrolla invenciones, ésta no necesariamente se convierte en una innovación. Es decir, el proceso de I+D+i es complejo y multifacético, y el galardón de este año resalta con claridad que no basta investigar e innovar: hay que crear las condiciones para que esa innovación impulse crecimiento.
En el caso de Mokyr, un historiador económico especializado época de la revolución industrial, identificó porqué Inglaterra se diferenció de otros países europeos y como esas particularidades la convirtieron en una potencia económica. A partir del análisis histórico-comparativo del crecimiento de Inglaterra y otros países desde el siglo XIV, concluyó que, aunque hubo numerosas invenciones e innovaciones técnicas, estas no generaron un crecimiento sostenido hasta mediados del siglo XVIII. Durante siglos, el estancamiento económico era la norma. ¿Qué cambió entonces? Según Mokyr, el punto de inflexión ocurrió cuando dos tipos de conocimiento comenzaron a conectarse: el proposicional, que es el saber teórico o científico (saber por qué), y el prescriptivo, que corresponde al saber práctico o técnico (saber cómo). En los periodos previos, ambos evolucionaban de manera separada: los científicos buscaban comprender los principios naturales —a menudo sin un fin utilitario—, mientras que los artesanos aplicaban habilidades heredadas con escasa innovación. Con la Revolución Industrial, la ciencia empezó a orientarse hacia fines prácticos, comerciales y productivos, dando lugar a lo que Mokyr denomina conocimiento útil (useful knowledge), es decir, la síntesis entre teoría y aplicación que impulsó la innovación tecnológica y el crecimiento económico sostenido.
Ese cambio fue decisivo y, según las investigaciones de Mokyr, respondió a cuatro factores principales.
- La Revolución Científica, que instauró un método basado en las matemáticas, la observación y la verificación empírica, permitiendo construir un cuerpo de leyes y teorías que podían someterse a contrastación de hipótesis.
- La Ilustración, movimiento intelectual que desafió el orden establecido y promovió la razón, la curiosidad y la mejora de la condición humana como fines del conocimiento.
- Las redes de difusión del conocimiento, que impulsaron la creación de comunidades científicas y el intercambio de ideas entre académicos, inventores y técnicos, favoreciendo la transferencia entre la ciencia y la práctica.
- Las instituciones que garantizaban la libertad para investigar, comerciar e innovar, junto con mecanismos como las patentes que ofrecían protección a los inventores.

En este contexto, los artesanos e ingenieros británicos pudieron aprovechar los avances científicos y transformarlos en aplicaciones comerciales. La sociedad inglesa, caracterizada por su apertura al cambio y por un menor peso de los intereses corporativos contrarios a la innovación, generó así una espiral sostenida de invención y mejora tecnológica, donde las nuevas ideas encontraban rápidamente su aplicación práctica y su recompensa económica. A partir de ese punto, la economía mundial ingresó en una era de crecimiento sostenido que, salvo interrupciones temporales —como crisis, guerras o recesiones—, se ha mantenido hasta la actualidad. Desde entonces, el progreso tecnológico ha seguido un patrón continuo de innovación, donde una sucesión de mejoras incrementales da paso, de cuando en cuando, a innovaciones mayores o disruptivas que transforman por completo los sistemas productivos. Esta interacción entre ambos tipos de innovación constituye la base del crecimiento constante de largo plazo. En ese sentido, la Revolución Industrial no fue un acontecimiento aislado, sino el inicio de un proceso histórico en evolución, que ha pasado por sucesivas oleadas tecnológicas. Hoy, ese mismo proceso continúa en lo que se denomina Industria 4.0, caracterizada por la digitalización, la inteligencia artificial y la convergencia entre lo físico, lo biológico y lo virtual.
Ese proceso de innovación continua nos conecta directamente con los aportes de Philippe Aghion y Peter Howitt, quienes en 1992 desarrollaron un modelo teórico que formaliza cómo los avances tecnológicos impulsan el crecimiento económico. En su planteamiento, el progreso no proviene de factores externos, sino de la inversión en investigación y desarrollo (I+D), que genera innovaciones sucesivas (modelo endógeno). Cada nueva tecnología sustituye a la anterior, elevando la productividad y, al mismo tiempo, desplazando estructuras económicas obsoletas. Este proceso —denominado destrucción creativa— originalmente formulado por Joseph Schumpeter en la década de 1930 constituye la base dinámica del crecimiento económico. En todo el mundo, miles de empresas surgen y desaparecen cada año; lo mismo ocurre con los empleos. Generalmente sobreviven aquellas firmas con productos más avanzados o procesos más eficientes, mientras que las rezagadas son reemplazadas. Así, la competencia deja de basarse únicamente en precios para centrarse en la capacidad de innovar. La noción fue introducida por Joseph Schumpeter en los años treinta para describir el carácter dual del progreso tecnológico: un aspecto creativo, que genera nuevas oportunidades y eficiencia, y otro destructivo, que desplaza a las tecnologías y empresas menos productivas.
La escuela schumpeteriana también resalta que este proceso puede conducir a una concentración del poder de mercado, lo que refuerza la importancia de la innovación como forma principal de competencia. Desde una perspectiva microeconómica, la obra de Zvi Griliches, extendida por Ariel Pakes, sentó las bases para entender que entre la inversión en I+D (flujo) y sus resultados existe un factor crítico: el stock de capital de conocimiento. Este activo intangible, acumulado a lo largo del tiempo a través de la inversión sostenida, es el que realmente genera las innovaciones que mejoran la productividad y el desempeño empresarial (En mi tesis de maestría desarrolle este tema al detalle). Posteriormente, Aghion y Howitt incorporaron la lógica de a destrucción creativa en un modelo de equilibrio general dinámico, permitiendo analizar formalmente cómo la búsqueda de ese capital de conocimiento por parte de empresas en competencia impulsa la innovación, el crecimiento agregado y el bienestar social a través de la destrucción creativa.
Su modelo demuestra teóricamente que la I+D tiene un valor social superior al beneficio privado obtenido por las empresas, dado que las innovaciones generan externalidades positivas que se difunden en toda la economía. De allí se desprende la justificación de políticas públicas orientadas a subvencionar la investigación y el desarrollo, con el fin de alcanzar un nivel de inversión socialmente óptimo. No obstante, los autores advierten que una sobreinversión en I+D también puede tener efectos adversos: la proliferación de pequeñas innovaciones que no mejoran el bienestar social o la concentración de poder de mercado en empresas dominantes. Asimismo, un ritmo excesivo de destrucción creativa puede destruir más empleos de los que genera. Por ello, determinar el nivel de equilibrio de inversión en I+D resulta esencial para diseñar políticas sostenibles de ciencia, tecnología e innovación que fomenten el crecimiento sin amplificar sus costos sociales.

De este modo, los desafíos del crecimiento económico sostenible se hacen evidentes en un contexto marcado por la irrupción de la inteligencia artificial y el uso masivo de grandes volúmenes de datos. Estos avances exigen mantener un flujo constante de innovaciones, especialmente aquellas orientadas a la sostenibilidad ambiental y a la adaptación frente al cambio climático. En países como el Perú, donde la inversión en I+D apenas alcanza el 0,15 % del PBI —una de las más bajas de la región— y al mismo tiempo se encuentra entre los más vulnerables al calentamiento global, fortalecer los sistemas de ciencia, tecnología e innovación no es solo una prioridad económica, sino también una necesidad para asegurar su desarrollo sostenible.


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